La marihuana es una de las drogas más populares del planeta. Pero, ¿no te has preguntado alguna vez por sus orígenes? ¿Qué hace a la marihuana ser tan especial? ¿Qué puede causar en nuestro cuerpo a largo plazo? ¿Es un aliado para la salud o un enemigo silencioso que deja huella para siempre?
El uso medicinal de la planta de la marihuana, Cannabis sativa, se remonta a miles de años. Antiguas civilizaciones como la griega, la romana, la hindú y la china ya conocían que esta planta era capaz de producir relajación, euforia y efectos farmacológicos diversos. Se cree que durante al menos 12000 años se había cultivado esta planta para, inicialmente, obtener fibra y grano. Sin embargo, el primer uso como medicina se atribuye al legendario emperador chino Shen Nung, quien se cree que vivió alrededor del 2700 a.C. El cannabis continúo su uso medicinal, aunque ya en épocas más recientes se ha reducido. La marihuana pasó a un plano más recreativo debido a los efectos que producía llegando al punto de ser prohibida y criminalizada por la mayoría de países en el siglo XX. No obstante, hoy en día, en el siglo XXI, algunos estados están optando por la despenalización y legalización parcial de esta planta, principalmente para usos médicos o recreativos regulados.
Y, ¿qué hace la marihuana en nuestro encéfalo para generar estos efectos que la hacen ilegal?
Un punto de inflexión en la comprensión científica del cannabis fue el descubrimiento de que el THC (Δ9-tetrahidrocannabinol) es el componente activo de la marihuana. Este hallazgo llevó al desarrollo de derivados sintéticos, como WIN55, 212-2 y rimonabante, que fueron de gran ayuda como herramientas de investigación y conocimiento de las acciones encefálicas del THC. Se descubrió también que los receptores para estos cannabinoides existían ya en el encéfalo, lo cual es de particular interés. Y también es de particular interés el hecho de que estos receptores no están repartidos uniformemente por el encéfalo sino que son especialmente ricos en zonas como la sustancia negra o el caudado putamen, áreas clave para la motivación, el movimiento y el sistema de recompensa, lo que las relaciona con el abuso de drogas.
Al descubrir que nuestro cerebro ya tenía receptores cannabinoides, los científicos se preguntaron por qué estaban allí. ¿Acaso nuestro cuerpo produce sus propios cannabinoides? Investigando, descubrieron que sí: existen los endocannabinoides, como el 2-AG y la anandamida.
Entonces, tenemos receptores en nuestro encéfalo para el cannabis, receptores que no están distribuidos uniformemente y con los que el THC interactúa, por lo que es probable que estas acciones sean responsables de las consecuencias conductuales del consumo de la marihuana. Y así es. Muchos de los efectos bien documentados de la marihuana están relacionados con la distribución de los receptores encefálicos. Por ejemplo, los efectos de la marihuana sobre el control psicomotor se deberán a los receptores presentes en los ganglios basales y el cerebelo; sobre la percepción, los receptores en la neocorteza; sobre los efectos bien conocidos de la marihuana como estimulante del apetito, los receptores en el hipotálamo, y los relacionados con la memoria a corto plazo, los receptores del hipocampo.
Centrémonos ahora en los efectos de la marihuana, tanto a corto como a largo plazo. Comencemos con los que se dan antes.
Efectos a corto plazo del consumo de marihuana
Cuando una persona fuma marihuana, los efectos aparecen casi de inmediato porque el THC pasa rápidamente de los pulmones a la sangre y de ahí al cerebro. En cambio, si se consume en comestibles, como galletas o gomitas, puede tardar entre 30 minutos y una hora en sentirse, pero suelen ser más intensos y duraderos.
A corto plazo, muchas personas reportan sensaciones de relajación, euforia y alteraciones en la percepción del tiempo y los sentidos, como mayor sensibilidad al sonido o a los colores. También puede producir cambios de humor, dificultad para pensar con claridad, problemas de memoria a corto plazo y coordinación motora deteriorada.
En dosis más altas, o en personas con poca experiencia, puede aparecer ansiedad, pánico, desconfianza, miedo e incluso alucinaciones.
En cuanto a sus efectos físicos, el cannabis puede causar aumento del apetito, ojos enrojecidos, incremento en la frecuencia cardíaca y, en algunos casos, problemas respiratorios temporales al fumarlo. También hay reportes de que ayuda a controlar náuseas y vómitos en pacientes de quimioterapia.
Un punto preocupante son los comestibles con cannabis: cuando los niños los consumen por accidente, pueden producirse intoxicaciones graves que requieren hospitalización.
Hasta aquí hemos hablado de los efectos a corto plazo, que en general pueden presentarse en cualquier persona tras consumir marihuana, aunque la intensidad varía según la dosis, la potencia del producto y la experiencia del consumidor. Pero cuando hablamos de los efectos a largo plazo, la situación es diferente. No todas las personas que consumen marihuana experimentarán los mismos riesgos. Estos dependen sobre todo de cuánto, con qué frecuencia y durante cuánto tiempo se consuma. Probar marihuana una vez o hacerlo de forma esporádica no tiene el mismo impacto que fumarla todos los días durante años.
Efectos a largo plazo del consumo de marihuana
Fumar marihuana a largo plazo puede dañar los pulmones de forma similar al tabaco: tos crónica, bronquitis, irritación de las vías respiratorias e incluso un mayor riesgo de infecciones pulmonares. Aunque aún se investiga, también se ha relacionado con un aumento en el riesgo de ciertos cánceres de cabeza, cuello y garganta.
En el corazón y sistema circulatorio, el cannabis eleva la frecuencia cardíaca y la presión arterial justo después de consumirlo, y algunos estudios lo vinculan con un mayor riesgo de infarto, arritmias o accidentes cerebrovasculares, aunque la evidencia aún no es concluyente.
En lo digestivo, algunos consumidores crónicos desarrollan el síndrome de hiperémesis cannabinoide, caracterizado por náuseas y vómitos intensos que se repiten en ciclos.
El impacto más fuerte se observa en el cerebro. Cuando el consumo empieza en la adolescencia —una etapa en la que el cerebro aún se está desarrollando—, puede afectar el aprendizaje, la memoria, la atención y el control de impulsos. En adultos, el uso crónico también puede dejar secuelas en la memoria, la cognición y la velocidad de procesamiento.
En la salud mental, los estudios han mostrado una relación entre el consumo frecuente de cannabis y un mayor riesgo de trastornos como depresión, ansiedad y esquizofrenia, especialmente en personas con predisposición genética. De hecho, el consumo excesivo puede adelantar la aparición de psicosis en personas vulnerables, y en dosis altas incluso provocar episodios psicóticos temporales que podrían relacionarse con un mayor riesgo de desarrollar un trastorno psicótico más adelante. Esta asociación es particularmente fuerte en hombres jóvenes.
También se ha encontrado un vínculo entre el consumo de cannabis en la adolescencia y un mayor riesgo de pensamientos y conductas suicidas, tanto en jóvenes en general como en grupos específicos como veteranos militares.
Por último, aunque mucha gente piensa lo contrario, la marihuana sí puede generar adicción. Se estima que alrededor del 9% de los consumidores se vuelven dependientes, y el riesgo aumenta si se empieza en la adolescencia. Además, se ha observado que puede abrir la puerta a problemas con otras sustancias como alcohol o nicotina.
Un factor adicional es la potencia: hoy en día la marihuana tiene concentraciones de THC mucho más altas que hace dos décadas, lo que podría incrementar riesgos que todavía no comprendemos del todo.
Beneficios médicos del cannabis
Ahora, no todo en torno al cannabis son riesgos. También hay que hablar de sus posibles beneficios médicos, que han sido objeto de muchas investigaciones en los últimos años.
Por ejemplo, algunos estudios han mostrado que los cannabinoides pueden ayudar a reducir la espasticidad (la espasticidad es una afección neurológica que se caracteriza por la tensión y rigidez muscular anormal, con reflejos exagerados) en pacientes con esclerosis múltiple, lo que mejora la movilidad y la calidad de vida.
También se utilizan en el alivio de las náuseas y vómitos producidos por la quimioterapia, uno de los efectos secundarios más duros para quienes están en tratamiento contra el cáncer. De hecho, existen medicamentos basados en THC sintético aprobados exclusivamente para este fin.
Otro campo donde se ha investigado bastante es en el tratamiento del dolor crónico, especialmente en pacientes para quienes los analgésicos convencionales no resultan eficaces. En algunos países incluso se recetan preparados farmacéuticos que combinan THC y CBD, como el nabiximols.
Y, quizás uno de los hallazgos más relevantes, el CBD ha demostrado eficacia en ciertos tipos de epilepsia infantil resistentes a los tratamientos tradicionales, lo que llevó a la aprobación de un medicamento específico: el Epidiolex.
Eso sí, es importante dejar claro algo: aunque los resultados son prometedores, la evidencia todavía es limitada y los riesgos asociados, sobre todo al THC, hacen que su uso médico deba estar estrictamente regulado y supervisado por profesionales de la salud.
Bibliografía
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https://www.nature.com/articles/525S10a
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https://www.medicalnewstoday.com/articles/320984



